La importancia de una buena pisada y postura en tu dolor diario

Cuando me contáis que el dolor de espalda aparece el viernes por la tarde, que la rodilla se queja al bajar escaleras o que el cuello se pone rígido después de horas frente al ordenador, lo primero que hago es bajar el ritmo.

No se trata solo de estirar más o de “aguantar”. Se trata de observar cómo te mueves, cómo apoyas el pie, qué ocurre con tu pelvis cuando caminas y cómo respira tu caja torácica.

Muchas veces, el hilo que cose todas esas sensaciones está en la manera en que dialogan pisada y postura. No busco culpables; busco relaciones. Y cuando las entendemos juntas, el cuerpo suele darnos margen para mejorar.

Me gusta empezar con una idea sencilla: tu cuerpo funciona como una cadena. Lo que pasa en el tobillo no se queda en el tobillo. El apoyo del pie condiciona la rodilla; la rodilla conversa con la cadera; la cadera influye en la pelvis; la pelvis repercute en la columna.

Este viaje es bidireccional: un bloqueo lumbar puede cambiar sutilmente tu apoyo, igual que un valgo de retropié puede pedirle a tu columna que haga horas extras.

Si llevas tiempo con molestias que “van y vienen”, quizá haya llegado el momento de escuchar, con un poco de método, qué quieren decirnos pisada y postura.

¿Es de los pies o de la espalda? La cadena que lo conecta todo

Cuando te miro caminar, no solo observo la huella del pie. Me fijo en la alineación de la rodilla mientras la pierna avanza, en la estabilidad de la pelvis en el apoyo, en cómo acompaña el tronco el paso y en si hay rotaciones que el cuerpo intenta compensar.

A veces, la pregunta no es “¿de dónde viene?” sino “¿qué parte del sistema está trabajando de más?”

Piensa en un día largo de oficina. Llegas a casa con la zona lumbar cargada. Si revisamos tu calzado, encontramos un desgaste mayor en el borde interno de una zapatilla y un apoyo algo más prolongado de ese lado.

¿Qué hace el cuerpo?

Elevar un poco un hombro, adelantar el mentón o tensar el psoas para estabilizar. No lo hace por capricho: intenta ayudarte. El problema aparece cuando ese patrón se repite durante semanas, meses, años.

Entonces, pisada y postura empiezan a tirar de la cuerda en direcciones distintas y tú lo notas como fatiga, rigidez o dolor “sin motivo”.

Me gusta comprobar cómo respiras, porque la respiración organiza el resto. Si el diafragma se mueve poco y siempre hacia arriba, la caja torácica pierde elasticidad, el abdomen responde con tensión y la pelvis se queda sin esa oscilación suave que tanto necesita.

En ese contexto, la musculatura del pie trabaja más rígida y los apoyos se vuelven menos “vivos”.

Con unas cuantas indicaciones de respiración y dos o tres ajustes de apoyo, muchas pacientes me dicen: “Siento que camino más ligera”. Eso es lo que buscamos: recuperar economía del movimiento.

¿Cuándo tiene sentido pedir un estudio de pisada?

Cuando un dolor persiste pese a estirar y fortalecer, cuando la molestia se repite en el mismo lado o cuando sientes que “caes” más sobre un pie, merece la pena medir. Un estudio de pisada no es un fin en sí mismo; es una foto clínica que nos ayuda a decidir.

Yo lo complemento siempre con exploración manual: movilidad del tobillo, adaptabilidad del mediopié, comportamiento del primer radio, estabilidad de la pelvis, coordinación del tronco y respuesta de los tejidos a la respiración. La tecnología nos da datos; las manos nos dan matices.

Con ambas cosas, elaboramos un mapa.

¿Qué puedes esperar de esa primera valoración? Que salgamos con una explicación clara y un plan razonable: pequeños cambios de hábitos para tu día a día, dos o tres ejercicios breves que puedas sostener en el tiempo y, solo si lo necesitas, un soporte externo que te ayude a reducir sobrecargas mientras reeducamos.

Nada de “plantar” soluciones que te hagan dependiente. Queremos devolverle al cuerpo su margen de maniobra.

Un plan simple, progresivo y que se pueda medir

No me interesa proponerte un protocolo eterno. Prefiero una hoja de ruta que encaje con tu semana y que te permita notar diferencias sin vivir pendiente de ello.

Empezamos por los hábitos porque ahí está la mitad del camino. Cuando te levantas de la silla, prueba a exhalar suave, como si empañaras un cristal: la pelvis responde mejor y el suelo pélvico acompaña sin empujar de más.

Al subir escaleras, deja que el tronco se incline un poco hacia delante y que el glúteo participe; así la rodilla no soporta toda la carga. Con el calzado, no buscamos modelos milagro:

buscamos estabilidad moderada, una suela que dialogue con tu pie y una horma que no comprima los dedos. A veces, cambiar el zapato de trabajo hace más por tu dolor que cualquier aparato.

Después incorporamos un par de ejercicios que yo llamo “mínimos eficaces”: cinco a diez minutos al día, no más.

Una movilidad de tobillo con apoyo en pared para que el pie recupere su resorte, un trabajo suave del arco plantar con toalla o pelota para darle tono sin rigidez, y una respiración que movilice costillas bajas para que la pelvis vuelva a oscilar. No hacen falta veinte cosas; hace falta constancia y sensación de progreso.

Y llega la pregunta clave: ¿necesito soporte? Cuando el patrón de carga es muy tozudo o cuando hay tejidos agotados que piden descanso, valoro si un apoyo personalizado puede servir de “muletas” temporales.

En esos casos, explico bien cómo será la adaptación, las horas de uso y la revisión a las pocas semanas.

Si indicamos plantillas posturales, lo hacemos con el mismo criterio que usamos para cualquier intervención: la herramienta se pone al servicio del proceso, no al revés. El objetivo sigue siendo el mismo: moverte mejor con tu propio cuerpo.

Dos miradas que se encuentran: podología y osteopatía

En consulta, integro la evaluación del apoyo con el trabajo manual. Para mí tiene todo el sentido: hay restricciones que se liberan mejor con una intervención osteopática (cadera que no rota, columna rígida, diafragma que no viaja), y hay adaptaciones del pie que se gestionan con educación del gesto y, a veces, con soporte.

A esta coordinación clínica la llamamos podología postural cuando nos enfocamos en cómo el pie y la postura se influyen mutuamente. No es una etiqueta; es un enfoque.

Tú notas la diferencia porque las piezas empiezan a encajar: el pie responde, la pelvis deja de “pelearse” con la marcha y la espalda siente que ya no carga con todo.

Algo que cuido especialmente es que nada cambie de golpe. Si ruges porque “me van a cambiar la manera de caminar”, aquí te paro: no buscamos cambiarte, buscamos devolverte opciones. Desbloquear lo que está demasiado rígido, tonificar lo que está demasiado laxo y enseñarle al sistema patrones que gaste menos.

¿Y si me da miedo “cambiar la pisada”?

Es una preocupación legítima. A nadie le gusta la idea de “forzar” al cuerpo. Por eso, cuando introducimos una pauta nueva, lo hacemos con prudencia y comprobando sensaciones.

Si hemos pautado un soporte, la adaptación es escalonada: unas horas el primer día, algo más el segundo, y así, hasta completar la jornada sin fatiga extra.

Si aparece una molestia distinta, por ejemplo, un gemelo más activo o un cansancio poco habitual, lo anotamos y ajustamos. Tu cuerpo nos habla; nosotros le hacemos caso.

Igual con los ejercicios. Si notas que un movimiento despierta dolor en una zona que no dolía, no significa que lo estés haciendo mal: significa que esa región está entrando en la conversación.

La respuesta nunca es “apretar más”, sino modular la dosis para que el sistema aprenda sin asustarse. Con esta filosofía, pisada y postura van encontrando un punto de acuerdo. Cuando lo logran, la sensación no es “camino diferente”; la sensación es “camino más fácil”.

Casos frecuentes que vemos a menudo

Piensa en esa lumbalgia que llega puntual los viernes. En la valoración, observamos un apoyo que se prolonga del lado derecho y una pelvis que rota levemente hacia ese mismo lado.

Con dos semanas de trabajo de respiración, un ajuste del calzado de oficina y una pauta de movilidad de tobillo, el dolor deja de instalarse al final de la semana. No hubo magia; hubo coherencia entre lo que pedíamos al cuerpo y lo que podía ofrecer.

Otro ejemplo: dolor rotuliano al bajar escaleras. Encontramos un valgo dinámico (la rodilla entra hacia dentro) cuando el pie pierde su resorte y la cadera se descuelga un poco.

Reforzamos el glúteo medio con ejercicios sencillos y enseñamos al pie a “empujar el suelo” con el primer radio. Con ese combo, la rodilla deja de cargar sola. Si el tejido está muy irritable, añadimos un soporte ligero durante unas semanas, y lo vamos retirando conforme la mecánica mejora.

Un tercero: fascitis plantar intermitente. Suele esconder rigidez de gemelos, falta de movilidad del tobillo y un arco que alterna entre “duro” y “agotado”. Aquí la respiración vuelve a ser aliada: si el diafragma se mueve, el tono general baja y el pie deja de pelearse con cada paso.

Acompañamos con movilidad de dedos, trabajo suave del tríceps sural y un calzado que no “pele” los dedos. Sin prisas, con criterio, pisada y postura encuentran ese punto de economía que buscábamos.

¿Cuándo conviene pedir ayuda?

Cuando el dolor no cede con descanso, cuando limita actividades sencillas o cuando notas asimetrías que se repiten, vale la pena que te vea un profesional.

Si buscas referencias locales y prefieres un enfoque que te explique lo que ocurre, estaré encantada de ayudarte o de coordinar una valoración con un podólogo Sant Cugat de confianza. Lo importante no es acumular pruebas, sino entender qué necesitas y en qué orden.

En la primera visita, revisamos juntos tu historia, te observo caminar, valoramos apoyos, movilidad y respiración, y acordamos objetivos realistas. Me gusta que te lleves un plan por escrito, con tareas cortas y medibles, para que notes avances sin tener que “vivir para tu espalda”.

Preguntas que me hacéis a menudo

“¿Me van a decir que cambie cómo piso?”

No. Te voy a proponer ajustes que tu cuerpo pueda asumir sin tensión. A veces son tan simples como permitir que el pie recupere su resorte natural con un ejercicio de dos minutos o cambiar el modo en que te levantas de la silla.

“¿Cuánto tardaré en notar cambios?”

Depende de la historia del tejido y de tu semana. Muchas personas perciben alivio en dos o tres semanas porque dejan de pelear con los gestos del día a día.

Otras necesitan un poco más si hubo lesiones previas o si el sistema lleva tiempo defendiendo una estrategia rígida. En cualquier caso, el objetivo es que tú sientas que avanzas, no que acumulas tareas.

“¿Y si ya he probado plantillas y no me funcionaron?”

Lo entiendo. A veces fallan porque se prescriben sin revisar el resto de la cadena. Otras, porque se usan como única intervención. Si volvemos a mirarlo todo, apoyos, cadera, respiración, suele aparecer una puerta de entrada más amable.

¿Cómo trabajamos el primer día?

Empezamos hablando. Quiero entender cuándo aparece el dolor, en qué momentos mejora, qué has probado y cómo te va con tu calzado habitual. Después te miro andar: ritmo, cadencia, apoyo, pelvis.

Hago pruebas suaves de movilidad y te enseño a respirar “para abajo”, dejando que las costillas se abran. Si en algún punto veo que un registro necesita una foto más precisa, propondré un estudio de pisada.

Lo decidimos juntas: tiene sentido cuando los datos van a cambiar el plan, no cuando solo nos dan curiosidad.

Saldrás con una explicación comprensible y dos o tres pautas claras. Si pactamos revisarte en tres o cuatro semanas, será para ajustar sensaciones y, si hace falta, introducir o retirar apoyos. Lo más importante es que sientas que el proceso te pertenece.

¿Lo miramos juntas en consulta?

Si te reconoces en esta historia de dolor que va y viene, de dudas entre pie y espalda, de intentos que no cuajaron, quiero que sepas que hay un camino suave para ti. No todos los cuerpos necesitan lo mismo ni a la misma velocidad.

Lo que sí necesitan es ser escuchados y guiados con criterio. Cuando la conversación entre pisada y postura se hace más amable, el día deja de ser cuesta arriba. Y eso se nota en cómo te levantas de la silla, en cómo subes la compra, en cómo vuelves a disfrutar de caminar sin pensar en el dolor.

Si te apetece que lo miremos juntas, aquí estoy. Te explico cada paso, ajustamos el plan a tu semana y, si algo no encaja, lo cambiamos. La meta no es tener una pisada “perfecta”; la meta es que tu cuerpo vuelva a moverse con menos esfuerzo y más tranquilidad.

Compartir